Innovación

Captación de lluvia desde los techos y almacenamiento en estanque


Captar agua de lluvia, almacenarla y después re-utilizarla para beber, regar los cultivos, aguar el ganado, criar peces y recargar pozos y acuíferos, es una de las tecnologías más antiguas del mundo. Diversas civilizaciones en Asia, Europa, África y América han utilizado y utilizan sencillas tecnologías RWH. Se han encontrado sistemas de captación de agua de lluvia de 4,000 años de antigüedad en el desierto del Negev, en Israel y Jordania. Los antiguos romanos tenían en sus casas un estanque llamado “impluvium” para recoger el agua de lluvia. Los mayas construían grandes cisternas llamadas “chultuns” para recoger el agua de la lluvia y regar sus cultivos. En Nicaragua, durante la colonia española, las casas disponían de sistemas para almacenar el agua de lluvia de los techos, y en viejas fincas de café de la zona de El Crucero y otras partes del país, aún pueden verse grandes pilas para la captación del agua de lluvia.

 

En la actualidad, en muchos países se implementan programas RWH. Uno de los más exitosos es el proyecto de cosecha de agua de lluvia 1-2-1 que se lleva a cabo desde 1995 en la seca provincia de Gansu en la China con 1.2 millones de agricultores beneficiados. En Gansu la precipitación promedio es de 300 milímetros/año, mucho menor que en las zonas más secas de Nicaragua. No obstante, desde que se implementó el proyecto los shujiao (obras de captación de agua de lluvia) ha permitido el riego suplementario de 236 mil hectáreas, agua para un millón de cabezas de ganado y, lo más importante: que el ingreso per cápita de las familias rurales subiera en un 187 %. Una de las principales causas del éxito de este proyecto, fue la creación del Instituto para la Conservación del Agua de Gansu, que desde 1988 inició un proyecto de investigación, demostración y extensión con el fin de mejorar la eficiencia en el uso del agua de lluvia y trabajar con tecnologías RWH adecuadas a las condiciones locales.

 

Los pequeños agricultores, campesinos y campesinas, viven en carne propia el problema de la sequía que afecta el país desde hace varios años. Se sabe que hay un cambio climático a nivel mundial y que la tendencia a futuro es una situación en la que habrá temperaturas más altas y menos lluvias, aunque esto no excluye que ocurran eventos extremos, como fuertes precipitaciones con riesgos de inundaciones y desbordes de ríos.
Lo que está claro es que la sequía es un fenómeno que esta manera, muchas comunidades rurales dependen de los camiones aljibe de la municipalidad para tener agua en la casa durante el verano. Esta situación se presenta incluso en el sur del país, como en las regiones de La Araucanía y Los Lagos, donde nunca antes se había visto algo parecido. Por otro lado, en cuanto a la producción, sin agua suficiente los cultivos se estresan y bajan los rendimientos, y lo mismo ocurre con los animales que bajan de peso al verse afectadas las praderas y al faltar agua para la bebida. En la Región de Coquimbo, por ejemplo, hay familias que este año han debido ser apoyadas con canastas básicas de subsistencia porque han perdido cosechas como resultado de la sequía. Ante esta realidad, no queda más que adaptarse al cambio climático, hacerle frente a la desertificación y la sequía y buscar alternativas que permitan producir en las nuevas condiciones, para asegurar la alimentación de la familia y tratar como siempre de mejorar la calidad de vida.

 

A esto se suma el deterioro de las tierras por mal manejo agrícola y erosión, la destrucción del bosque nativo, la pérdida de la biodiversidad, todo lo cual ha provocado, entre otras causas, un avance de la desertificación, la que afecta a más del 60 por ciento del territorio nacional. Uno de los impactos más graves y palpables de la sequía y la desertificación es la escasez de agua. Con mucha preocupación, las familias campesinas ven que las norias y vertientes se secan en verano y que los riachuelos disminuyen su caudal o derechamente ya no traen agua.